Exposición Galería El Patio. Bremen, Alemania, 1988.
Exposición
“Pintura”. Galería El Patio, Bremen, Alemania. Febrero de 1988.
Elegancia
combinada con fantasía
El
Patio retomó las actividades en su nueva dirección (Am Dobben 58) con una
exposición de obras del pintor uruguayo Pedro da Cruz. En un excelente local,
se pueden ver hasta el 27 de febrero obras de un artista que combina elegancia
con fantasía. Encontramos trabajos que muestran tanto gran riqueza formal como
seguridad estética. Fantasía y manualidad se relacionan simbióticamente en las
obras de Pedro da Cruz, en las que la fantasía en parte se nutre de mitos
sudamericanos. La fantasía se despliega libremente y construye escenarios con
imágenes libremente elegidas. Los elementos plásticos son ordenados como
escenarios con carácter de lugares de culto. Y finalmente aparecen elementos de
significado oculto, como piedras o delgadas barras, que se elevan en la
atmósfera. De esa forma se conforman lugares en los que la fantasía puede
desarrollarse.
Pero el pintor mantiene siempre su fantasía
bajo control. La cantidad de elementos puede ser siempre discernida, y en su
pintura Pedro da Cruz también usa pocos colores básicos. Los elementos son “objetos”
tan claramente definidos que el pintor es consecuente cuando los separa de la
base y los libera como cuerpos plásticos. Forma y color coinciden entonces, y
las obras toman carácter de objeto. Sus títulos son La balsa de la luna o Máquina
de hacer pirámides. Cazador de nubes
es el nombre de una pintura, y una gran instalación realizada sobre una pared
se titula Ascensión liberadora continua.
En ésta última se reúnen todas las
cualidades del artista. Da Cruz tampoco exagera en esta obra con muchas
facetas. Conteniendo sólo códigos ópticos para la fantasía, la obra mantiene su
carácter generoso y anima a fabular y a disfrutar completamente de las
contradicciones entre lo estático y lo dinámico. También en este caso Pedro da
Cruz demuestra ser un gran soñador, aunque sus sueños nunca adquieren carácter
de pesadilla. Cuando el artista sueña, sus historias son placenteras.
D.W.
Weser Kurier, 2 de febrero de 1988,
Bremen, Alemania.
¿Donde comienza, donde termina?
En
la Galería El
Patio se muestra una exposición del uruguayo Pedro da Cruz, cuyas imágenes
pertenecen a la nueva pintura del constructivismo, cuyas ideas combina con
motivos tradicionales.
La acentuada distancia en la forma de
pintar, la precisa aplicación del color, que se extiende como una membrana
sobre la superficie, y la exclusiva concentración en los colores blanco, rojo,
gris y negro, no son casualidades. Como los colores, las formas también se
repiten, a veces geométricas, a veces como elementos orgánicos imaginarios, que
da Cruz ordena en un “alfabeto de formas” para conseguir una totalidad más
comprensible.
Esas formas son superpuestas, confrontadas,
amontonadas, dispuestas como un semicírculo en composiciones exactamente
pensadas. Las compsiciones siempre tienen contornos muy definidos, de por sí se
insinúa la perspectiva, pero en definitiva se mantienen cerradas sobre sí
mismas. Sombras marcadas y una fuerte luz ayudan a crear inseguridad sobre el
tiempo y el lugar de esos mundos de fantasía.
La relación con la “pintura pura” de los
constructivistas es clara, y no es una casualidad. En Uruguay existe desde hace
mucho tiempo una fuerte corriente artística que se basa en las vanguardias de
las décadas de 1920 y 1930. Pedro da Cruz, que nació en 1951, y que hoy vive en
Lund, Suecia, pertenece a la tercera generación de esos pintores que no sólo
han tomado las ideas del constructivismo europeo, sino también -a falta de
antiguas civilizaciones desarrolladas en Uruguay- se relacionan con formas
artísticas tradicionales, y con motivos de la población originaria de su país.
Reflejando, filtrando y ampliando con ayuda
de sus sentimientos, vivencias y pensamientos, da Cruz desarrolla a partir de
esos elementos contrastantes provenientes de diferentes culturas un idioma
propio lleno de tensión y fuerza, y que finalmente tiene una dimensión más
surrealista que constructivista.
La precisión de la pintura contiene y
encausa la violencia y la emoción, pero no las esconde. Cuanto más se aprecian
las imágenes tanto más provocan intranquilidad y confusión.
En Lugar
de culto flota una nube roja, atravesada por la punta de una luna blanca, sobre
un cielo negro. Las figuras ubicadas debajo, cuerpos geométricos y frágiles
puntas que recuerdan cuernos o semillas, están compuestas en semicírculo y
bañadas por una fuerte luz. Las sombras son duras. Tras las figuras desaparece
el fondo gris en un espacio intermedio entre una profundidad infinita y una
bidimensionalidad superficial. El juego de sombras es consecuentemente
practicado por da Cruz en sus relieves: los marcos no existen, el motivo es
recortado y proyecta sombra sobre la pared. A la vez hay sombras en la pintura,
la ilusión es perfecta. ¿Dónde comienza la imagen, donde termina?
Especialmente para la exposición, da Cruz
creó sobre una pared una gran instalación que retoma todos los elementos de su
pintura, aunque es menos compacta y más gestual que ésta. Sorpresivamente la
instalación brinda nuevas oportunidades a la fantasía y al deseo de preguntar.
Beate
Nass
Taz, 4 de febrero de 1988, Bremen,
Alemania.
Exposición Lund Art Gallery. Lund, Suecia, 1996.
Exposición
“Pinturas/Objetos”. Lund Art Gallery, Lund, Suecia. Agosto-septiembre de 1996.
Pedro da
Cruz x 2
Formas
exactas con mensajes humanos. Una escala en blanco y negro con toques de rojo.
Los contrastes son varios en la obra del artista de Lund Pedro da Cruz. Pero su
estilo es cuidadosamente trabajado y personal. Hoy da Cruz tiene vernissage en
Lund Art Gallery en la ex estación de bomberos.
Las imágenes están realizadas con mucha
precisión, y las personas y objetos dibujadas con tal definición que parecen
estar abandonando el cuadro y saliendo al espacio.
- He trabajado mucho con la manera en que
caen las sombras y la ilusión de volumen, dice Pedro da Cruz. Anteriormente
trabajé casi exclusivamente con formas geométricas, y cuando comencé a introducir
la figura humana en las obras continué con la misma técnica.
Pero Pedro da Cruz mezcla también lo exacto
con su propia fantasía, se toma libertades.
- Me gustan las contradicciones. Un hueso en
uno de mis cuadros no tiene por que verse exactamente como uno en una plancha
anatómica, no es una exigencia.
Portadores
de símbolos
- ¿Porqué negro-blanco-gris tan
consecuentemente?
- Vienen de mis formas geométricas y mis
sombras. Si se usan muchos colores se puede dar demasiada información. Que
después haya agregado rojo se debe a que ese color es un símbolo de varias
cosas. Sangre, por ejemplo.
Cuerpos humanos y partes de cuerpos
(principalmente masculinos) son recurrentes en los cuadros de Pedro da Cruz.
Uno lleva por título Encadenado a su
género.
- Que haya tantos cuerpos se debe, entre
otras cosas, a que yo como historiador de arte he visto gran cantidad de
imágenes de cuerpos. Yo reflexiono mucho sobre la identidad, ya que provengo de
otro país, y también sobre los roles masculinos, como uno aprende a ser hombre.
Ciertos pensamientos e ideas reaparecen en mis obras.
Pedro da Cruz es uruguayo y se mudó a Suecia
en 1978. Se recibió de Doctor (PhD) en Historia del Arte aquí en Lund, y
también ha dictado cursos en la materia, así como ha escrito artículos sobre
arte para diferentes publicaciones.
Frascos
significativos
Sin embargo los últimos años los ha dedicado
totalmente a su arte, que no sólo está compuesto de pinturas. En la
Lund Art Gallery da Cruz también expone
frascos con contenidos tomados de la naturaleza - hojas, palitos, bayas - que
llama Supermarket, y pequeñas piedras
a las que agregó espinas de rosa cuidadosamente elegidas.
- En mi casa tengo un frasco lleno de
espinas, muy valioso, dice Pedro da Cruz y se ríe.
Y señala su piedra “punk”, una piedra
redonda con espinas en la parte superior.
Sin embargo lo primero que el visitante de
la galería ve es una pintura, un autorretrato que contiene un símbolo
importante. Aproximadamente en el lugar del corazón hay una mancha irregular
que se diferencia de las otras formas.
- Representa a Uruguay que sangra, dice
Pedro da Cruz. En principio fue una casualidad, pinté la imagen sobre un mapa
de América del Sur, y Uruguay estaba justo ahí.
Derecho
a interpretar
Algunos
lo ven, otros no, y no importa. Me gusta que la gente interprete de distintas
formas, no hay sólo una respuesta correcta. La tarea del artista es servir de
disparador para los pensamientos de los espectadores.
Alexander
Agrell
Sydsvenska Dagbladet, 24 de agosto de 1996, Malmö, Suecia.
Sydsvenska Dagbladet, 24 de agosto de 1996, Malmö, Suecia.
Sufrimiento
y liberación
Como
un hombre que está por liberarse de sus cadenas con un esfuerzo postrero. O
quizás comprendiendo que las mismas no se pueden romper. Observándola con mayor
detención, la imagen ofrece una tercera posibilidad: el hombre no está atado de
ninguna forma. En el momento que lo comprende, se puede ir.
El artista Pedro da Cruz exhibe pinturas y
objetos de los últimos años en la Lund Art
Gallery. Mis tibias expectativas se transforman en sorpresa y fascinación al
confrontarme con su arte. No tanto a causa de los objetos y las esculturas, que
parecen ser ensayos y comentarios del gran aporte de la exposición: las
pinturas. En éstas él ha desarrollado un peculiar mundo de imágenes, poblado de
extraños signos y objetos, cuerpos y detalles de cuerpos. Las pinturas están
realizadas en grisaille (escala de grises) con algunos detalles en rojo como
única presencia de color.
El cuerpo masculino desnudo es central en
varias de las pinturas. Fuertemente iluminadas como en una escena teatral, las
figuras se encuentran envueltas en una suerte de lucha, entre sí o en soledad.
Es una pintura clásica, en el mismo sentido que los trabajos tardíos del danés
J. F. Willumsen y algunas obras surrealistas - Max Ernst puede ser nombrado
como ejemplo, de Chirico como otro (siendo conciente que el último no era
estrictamente surrealista). Signos, formas y objetos que se repiten en las
obras tienen en algunos casos rasgos de una escritura secreta, inaccesible para
el no iniciado. Espinas, cuerdas, sangre, pero también varas de medir,
pirámides, espirales, hojas. Hay una violencia contra el cuerpo que no está
relacionada al arte orientado hacia el cuerpo de los últimos años. Se trata en
cambio de una iconografía influida por el catolicismo, en la que el cuerpo
herido es un medio para la liberación del alma. Los cuerpos se muestran, a
pesar de la desnudez, casi castos y cerrados sobre sí mismos.
San Sebastián, con su cuerpo atravesado por
flechas, es de alguna manera el protector de toda la exposición (no sólo en la
obra La soledad de Sebastián), pero
también se entrevé a Cristo con su corona de espinas en la concentración de las
imágenes en el sufrimiento, la lucha y la liberación. Podría haber derivado
hacia lo kistch y lo patético, pero Pedro da Cruz supera sorprendentemente el
acto de equilibrio. Hay algo profundamente fascinante en su sobrio estilo
académico, como si algo eruptivo, contenido, fuera a surgir de la superficie.
Pontus
Kyander
Sydsvenska Dagbladet, 5 de septiembre de 1996, Malmö, Suecia.
Sydsvenska Dagbladet, 5 de septiembre de 1996, Malmö, Suecia.
Exposición La lupa Libros. Montevideo, 2007.
Exposición “Memoria
corporal”. La lupa Libros, Montevideo. Enero de 2007.
Retorno a
Ítaca
No es una novedad artística
referir al cuerpo humano -al ajeno, al propio o a la representación de ambos-
por analogía al cuerpo social. Tampoco hacerlo a través del ejercicio
pictórico. Cada caso, empero, encierra una entonación y distintos caminos de
involucramiento personal, y supone, por tanto, una tradición incorporada a las
formas artísticas más recientes. Las problemáticas inherentes al exilio
político y a la cuestión de los desaparecidos, abordada desde otras tiendas y
lenguajes (véase comentario a la exposición del MNAV, en Brecha, 12-1-07),
tienen, en lo que a pintura respecta, sus cultores a nivel local: alcanza con
citar, como ejemplo, buena parte de la producción de Carlos Barea, Anhelo
Hernández, Carlos Musso y Carlos Seveso. En esta muestra de Pedro da Cruz
asistimos a una nueva variante, que se debate entre un aire hedónico y nefasto.
Dispuestas en el pequeñísimo y recoleto altillo de la librería, las tres
pinturas de mediano formato enseñan torsos varoniles con reminiscencias de la
estatuaria grecolatina, pero infamados de colores y formas modernas: una
epidermis sangrante de signos y marcas urbanas. El Viejo Mundo se desahucia por
sus ciudades - Guernica, Warsaw, Dresden, Budapest, Praga, Sarajevo, Auschwitz,
Rotterdam – (“El dilema de Europa”, 1996); el artista, que vivió muchos años
exiliado en Suecia, parece desangrar con un corazón definitivamente territorial
y uruguayo (“El hombre ilustrado”, autorretrato, 1996), y se decapita en la
ignominia de los desaparecidos con un giro estetizante y fulguroso (“El
desaparecido desconocido”, 1996). Es una pintura que recuerda por momentos los
trabajos del brasileño radicado en Berlín Alex Fleming y que adolece de
pequeñas irregularidades fruto de la intensa simplificación figurativa (véanse
las manos de “El hombre ilustrado”), pero que resulta funcional a los intereses
del artista en tanto le permite jugar con las bipolaridades del color
(rojo-gris, blanco-negro), de línea (contorno-superficie) y sugerir otras
dualidades, como las del placer y el dolor en los cuerpos representados.
Mención aparte merecen las cinco pequeñas cajas que se exhiben en un rincón de
la sala: en su virtuosa manualidad no desdicen la idea de recuperación del
objeto tan cara a los torresgarcianos (el artista fue alumno de Guillermo
Fernández entre los años 1974 y 1975) pero ahora incorporando elementos del pop
y de un “maquinismo” alegre, con elementos circenses, a la manera de Léger. Extraña
conjugación que cristaliza con buen tino poético en obras como “Soledad” y
“Trampa de discos” (1994) y que parece sintetizar las influencias artísticas
recibidas por da Cruz previas a su retorno definitivo a Uruguay en el año 2005.
Pablo Thiago Rocca
Brecha, 19 de enero de 2007, Montevideo.
Brecha, 19 de enero de 2007, Montevideo.
Exposición Museo de Artes Visuales. Montevideo, 2012.
Exposición
“Pintor de ideas”. Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo. Octubre de
2012.
La revelación de un pintor en el Museo Nacional de Artes
Visuales. Pedro da Cruz muestra obras dominadas por cuerpos desnudos
La muestra de pinturas, dibujos y
objetos de Pedro da Cruz, titulada "Pintor de ideas" por la curadora
Tatiana Oroño, puede ser visitada en el Museo Nacional de Artes Visuales hasta
mediados de diciembre.
Una
sorpresa, que también es una revelación. Desde que volvió al país en 2006, al cabo
de varios años de radicación en Suecia, Pedro da Cruz solo había expuesto tres
pinturas en la diminuta sala de La
Lupa , al margen de una muestra mayor realizada en la ciudad
de Livramento. De manera que esta exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales,
en el Parque Rodó, que abarca trabajos de cuatro décadas, es una notable
tarjeta de presentación para el público local y una introducción a sus
múltiples destrezas como dibujante, pintor y escultor en miniatura.
Por
sus obras circulan reflexiones en torno a conflictos mundiales, tensiones
sociales, desafíos personales y hasta dobleces de identidad, todo lo cual
atestigua la carga interior con que las emprendió y el interés testimonial que
las reviste. Pero el instrumental que le permite retener la atención del
observador es el virtuosismo de realización, visible no solo en el tratamiento
de la figura humana (con el desnudo como nota persistente), sino además en la
precisión con que resuelve cada imagen, un ajuste que consta indistintamente en
sus dibujos a lápiz y su pintura al óleo, aunque asimismo en la elaboración de
pequeños objetos donde las cajas o las siluetas se combinan con varillas,
hilos, ramas y cordeles para componer propuestas de un leve simbolismo que se
suma al encanto visual y al esmero formal.
Da
Cruz pinta solamente en rojo y negro, una opción stendhaliana cuya uniformidad
es también una discreta herramienta de depuración para que el ojo del público
no se detenga en el efecto cromático y siga viaje hacia la esfera de los
significados, como si la rigurosa norma del color le sirviera de vehículo. Así
se ordena su vocabulario surrealista, confiado a la dominante presencia de los
cuerpos, en los que se maneja como un artífice apegado a unos desnudos que
importan más por la expresividad de su actitud, la sugerencia de su gesto o el
sentido que asume su fragmentación, que por la fidelidad anatómica. El
sensualismo de esas imágenes es protagónico, y en alguna medida entibia la fría
exactitud que impone su control técnico, humanizándolo.
Ese
control se revela de varias maneras, desde la minucia hasta el alarde, cuando
recurre a la ilusión óptica de un relieve o una ondulación sobre una superficie
plana, o cuando descompone un perfil que se transforma según se ubique el
espectador frente al papel plegado que sirve de soporte. En ocasiones el
artista incorpora textos de dramática referencia, como los nombres de ciudades
bombardeadas sobre la piel de un torso manchado de sangre, o maneja frases que
a lo largo de un cuerpo replegado describen una curva poética tan flexible como
los miembros en que están escritas.
En la selección que
ha llevado al museo, el expositor incluye trabajos de los últimos cuarenta años
y consigue dejar constancia de su envidiable batería, desde la cual dispara
(sin fallar) su sensibilidad.
Jorge Abbondanza
El País, 11 de noviembre de 2012, Montevideo.
El País, 11 de noviembre de 2012, Montevideo.
Pedro da Cruz en el MNAV. La
soportable levedad del ser
La pintura de Pedro da
Cruz es enigmática. Su acierto particular consiste en desplegar una visualidad
tan concreta que en sí misma es altamente abstracta. La elección de los temas y
del color por una parte, y la particular sintaxis de un mundo de formas especialmente
adaptadas a sugerir, más que a mostrar, constituye uno de los puntos más altos
de una propuesta plástica que pertenece al lábil mundo de lo contemporáneo,
alimentada con profundas raíces en lo clásico y en lo moderno. Es una pintura
elaborada mentalmente, que se dirige a la reflexión del observador, un registro
de emociones que el artista trasiega y convierte en enunciados despojados de
sentimentalismo, aunque decididamente enigmáticos y fuertemente simbólicos. Un
fino sentido del humor transcurre en la obra, alternando con una visión de la
violencia que sometida al plano estético la sincroniza con la cotidianidad a
través del impecable trazo del dibujo y de la mancha en clave de rojo, sin
competidor posible.
Recorren sus pinturas, además, ciertos textos y palabras que
asumen el papel de testigos de una realidad que el artista a menudo no
encuentra muy reconfortante. Una realidad atemporal que Da Cruz coloca a través
de un relato que mira hacia el pasado, hacia el presente, y quizás hacia el futuro.
Su firme dibujo se establece como el eje de su pensamiento visual y el
contraste máximo y a la vez sobrio de color (neutro en los grises, blancos y
negros y vivo en los bermellones intensos) provoca una sensación en la que no
existe el término medio. Estamos indefensos ante esta terminante afirmación de
un mundo significado por formas tanto orgánicas como geométricas, o bien
cristalinas y amorfas, así como de objetos que evocan la ‘otredad’, de memoria
silenciosa y honda prevalencia en el imaginario. Residuos, a menudo, de épocas
oscuras donde se realizaba la apología de la fuerza, la violencia, el
sometimiento y la reclusión.
Es un mensaje potente que se desentraña a partir de exactas
composiciones plásticas y que adquiere una presencia superlativa en la obra de
Da Cruz. Torsos ligados a la antigüedad clásica, vinculando los relatos
pedagógicos y culturales dominantes, se confrontan con torsos de la realidad
del modelo del taller, a los cuales se les ha extraído cierta cualidad vital
(dato que se constata por la transmutación de denotativos orgánicos, como por
ejemplo el color de la piel) indican un límite de alerta a la percepción. Algo
sucede con esta organicidad lívida que, sin embargo, no es la muerte, y que por
otro lado, y a través de su estrategia de dibujo, exhibe una plenitud física
esplendorosa causando un contraste evidente, en el que la sensualidad se niega
por un lado y se afirma por otro. Da Cruz se prodiga en esta herramienta
descriptiva de fuerte costado académico –negado por la modernidad y
reivindicado por la posmodernidad– e insiste en una toma de partido sin
ambigüedad conceptual, eventualmente conduciendo al observador a considerar la
vida como un experimento. Un experimento que puede asimilarse a una
investigación de laboratorio, donde los hombres somos precisamente los
destinados a jugar el papel de ratones blancos en manos de un poder de difícil
localización.
Queda así establecido un nivel de compromiso del artista con el
problema del poder y de la libertad, que se hace más manifiesto en los signos
de los bloques de granito que contienen e inmovilizan sus cuerpos, así como en
las innumerables series de cuerdas, lazos y elementos contenedores y punzantes
que aparecen sistemáticamente tanto en su pintura como en su escultura. Una visión
humana-inhumana se desliza a través de su obra, lúdica, silenciosa y fríamente
interceptada por los rojos impasibles cual mojones en una frontera, que
establecen su sonido de agonía pero también de vitalidad, a la vez que los
cuerpos vigorosos posibilitan la probabilidad de un cercano y pletórico renacer.
Entre un frío
estelar y el calor de la sangre transita una obra cuyos símbolos remiten
continuamente a la polaridad entre la vida y la muerte, latidos y extenuaciones
que advierten sobre la levedad del ser, la argucia de la violencia y sus
métodos, la necesidad del arte de abrevar en el pasado para comprender el
futuro. La obra de Da Cruz corta como una navaja. Abre heridas fecundas en la
imaginación cuya profundidad queda a cargo del observador.
Daniel Tomasini
Dossier, No. 37 Marzo-Abril de 2013, Montevideo.
Dossier, No. 37 Marzo-Abril de 2013, Montevideo.
Exposición Museo de Artes Visuales. Montevideo, 2012.



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